“Creencias detrás de la culpa inconsciente”
En este posti reflexionamos sobre la culpa inconsciente. La llamamos inconsciente porque no la identificamos como un sentimiento pero la actuamos.
Si no mantenemos la culpa a raya esta no nos deja ser felices. La culpa inconsciente obstaculiza la consecución de nuestros objetivos. Nos imposibilita alcanzar nuestras metas, nuestros sueños, o disfrutar de los mismos una vez alcanzados. Vamos al lío.
¿Cómo actuamos la culpa inconsciente? Si hacemos un recorrido por nuestra vida y observamos que en repetidas ocasiones sucede algo que nos imposibilita llegar a la meta, a ese objetivo que tanto queremos, a eso que tanto hemos soñado y esperado, ya sea porque justo nos enfermamos, o nos indisponemos, o nos boicoteamos, muchas veces, infravalorando nuestros recursos y capacidades.
Es decir, cuando sucede “algo” que nos impide llegar a nuestro objetivo.
Cuando nos pasa algo que de alguna manera nosotros dejamos entrar o le dimos lugar aunque de manera no consciente podemos sospechar que detrás de eso está acechando la culpa inconsciente.
También puede suceder que alcancemos la meta, que hagamos realidad nuestro sueño, y no seamos capaces de disfrutar de eso que nos está pasando.
Si bien la culpa tiene su origen en nuestra biografía, está entrelazada a nuestras creencias. Creencias familiares a las que más adelante se agregan las de la escuela, el grupo de amigos, la publicidad, el cine, el trabajo, la sociedad. Creencias como, “Las personas buenas trabajan mucho y disfrutan poco”, “El éxito y la felicidad es cosa de otros”, “El que vive bien andará en algo sucio”, “No estás haciendo nada importante”, “Si no hago lo que mis padres esperan de mí los defraudaré”.
Revisando estas creencias podemos empezar a descubrir y desactivar esta culpa inconsciente. Desactivarla nos ayudará a darle un poco más de lugar al disfrute en nuestra vida.
¿Qué es la culpa?. La culpa como sentimiento se activa ante la percepción de haber hecho, dicho o muchas veces también pensado, algo que no estaba bien, y que pudo haber dañado a otros o a nosotros mismos.
Es como esa vocecita interior que resuena una y otra vez en nuestra cabeza recordándonos aquello que hicimos, o que no hicimos, o que dijimos de un modo equivocado. “Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi gran culpa”.
“El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida”. Oscar Wilde.
Un grado óptimo de culpa es necesario para vivir y adaptarse funcionalmente a la sociedad de la que formamos parte. La mayoría de las cosas de la vida dependen de una cuestión de grados. La culpa no está ajena a esta regla.
La cosa no queda ahí. Después de sentirnos culpables por el “delito” cometido viene la sentencia que dictaminará la condena a pagar por la falta realizada. La condena que decidimos sobre nuestra falta es proporcional a la falta cometida.
Si algo es seguro, es que la condena dictaminada por nuestro propio juez interior suele ser mucho más severa que la de cualquier otro juicio externo.
“Como en las deudas, no cabe con las culpas otra honradez que pagarlas”. Jacinto Benavente.
Y así es como nos condenamos a no ser felices. A no ser merecedores de nada bueno que nos pueda pasar en la vida. Entonces alguien puede estar en unas lindas y merecidas vacaciones, y sentirse no merecedor de ese descanso porque alguien querido está atravesando una situación difícil, o un familiar se encuentra enfermo, o ha fallecido recientemente un ser querido, o por sentir que somos un fraude al no hacer lo que otros esperan de nosotros.
Muchas veces, el solo pensamiento de alguna de estas situaciones es suficiente para arruinar esos días de descanso.
No siempre la persona es consciente, “¿Cómo puedo estar aquí relajado y a gusto sabiendo que a tal persona le está pasando tal cosa?. Muchas veces, la persona no logra despejarse y disfrutar de sus vacaciones sin saber que la culpa inconsciente está detrás de aquello que lo hace sentir mal.
No es que la culpa en sí misma sea malsana, pero si le damos rienda suelta se agiganta y entonces se convierte en un problema.
“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”. Stefan Zweig.
Cuando la culpa es demasiado grande, el sufrimiento que nos genera también es grande.
La idea es mantener la culpa a raya. Estar atentos y observar qué nos dice esa vocecita interior cuando no podemos alegrarnos después de haber logrado algo que deseábamos, o al impedirnos alcanzar un objetivo, o al no ser capaces de disfrutar de un momento de placer que nos regala la vida, o de renunciar a un ascenso laboral, o al enfermarnos justo antes de alcanzar nuestro sueño.
Estos momentos son propicios para preguntarnos sobre nuestra relación con la culpa.
Si sospechamos que la misma puede estar haciendo de las suyas podemos preguntarnos de qué somos culpables en esa situación en particular. ¿De qué soy culpable?. La idea es reemplazar el término culpable por responsable. Deberíamos dejar la expresión culpa para lo jurídico y emplear en el ámbito de las emociones y de las relaciones la palabra responsabilidad.
En lo que hace a las relaciones interpersonales podemos decir que somos culpables de haber causado un dolor a otro cuando actuamos deliberadamente para conseguir tal fin. Si bien esto parece una obviedad la persona culposa tiende a sentirse culpable hasta de la guerra que libran otros países.
La culpa cuando se desmesura es tan dañina que si alguien a voluntad quisiera hacer algo para sentirse un desdichado no merecedor de nada bueno en la vida, tendría que alimentar el sentimiento de culpa, es decir, sentirse culpable de la muerte de un ser querido por no haber llegado a tiempo, o el no haber sido una madre lo suficientemente presente, o haber sido un padre muy autoritario, o un amigo poco generoso, o una pareja muy tolerante, o una hija cero ejemplar, y así podemos engrosar la lista infinitamente.

La culpa exacerbada es un pasaporte al sufrimiento. Nada en demasía. Cuando la culpa es mucha, el sufrimiento es mucho.
Hasta el próximo posti y recuerda que citando a Bill Watterson, “No hay problema tan malo que un poco de culpa no pueda empeorar”.
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